8th Dec 2024
Era un día cálido en Australia y un koala bebé de color gris plateado, llamado Koko, estaba medio dormido junto a su mamá. "¿Escuchas eso, mamá?" preguntó Koko con voz tierna. A través del suave susurro del viento, oyeron el llanto de un niñito en la distancia. Curioso, Koko abrió los ojos y miró a su mamá, que sonrió suavemente. "Ve, querido, quizás él necesita tu ayuda".
Koko descendió delicadamente del árbol de eucalipto, sus pequeñas patas apenas hacían ruido mientras se acercaba a la casa. Al acercarse, vio al niño sentado en el suelo, con lágrimas en sus mejillas. Sin dudar, Koko se acomodó al lado del niño y cerró los ojos. Al instante, el niño sintió una cálida calma, y juntos se quedaron dormidos, mientras los padres del niño miraban con amor, sintiendo la paz que llenaba la habitación.
El sol comenzó a descender en el horizonte, pintando el cielo de tonos rosados y naranjas. Mientras el niño y Koko dormían plácidamente, los padres del niño se miraron entre sí, asombrados por la mágica conexión entre su hijo y el pequeño koala. Decidieron dejar a ambos descansar un poco más, sabiendo que Koko había logrado traer consuelo a su hijo en un momento de tristeza.
Cuando Koko y el niño despertaron, el ambiente estaba lleno de una energía renovada. El niño sonreía, sus ojos brillaban con alegría y gratitud hacia su nuevo amigo peludo. Koko le dio un suave abrazo antes de despedirse, sabiendo que había hecho un amigo para siempre. "Gracias, Koko", dijo el niño, agitando su mano mientras el koala comenzaba a trepar de nuevo al árbol.
Esa noche, al regresar a su lugar junto a su mamá, Koko se sentía lleno de felicidad. "Estoy orgullosa de ti, mi pequeño", murmuró su mamá, acariciando suavemente su oreja con el hocico. Koko entendió entonces que, a veces, un simple gesto de bondad puede iluminar el mundo de alguien más, y con ese pensamiento, cayó en un profundo y reparador sueño.