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walter villa

3rd Mar 2025

La Paz que Dios Da

En un pequeño pueblo, el cielo brillaba y las flores bailaban con el viento. Un niño llamado Leo, con su cabello negro y rizado, le dijo a su amiga Ana, "¿Ves cómo todo se siente tan tranquilo hoy?" Ana, con sus ojos brillantes y su vestido amarillo, respondió, "Sí, Leo. Es como si el mundo tuviera un abrazo de paz." Ambos decidieron dar un paseo por el parque para sentir más de esa paz.

A young boy, Leo, with curly black hair and a yellow shirt, talking to a girl, Ana, with shiny eyes in a yellow dress, in a vibrant colorful flower garden with a bright blue sky, child-friendly, cheerful, energetic atmosphere, high quality

Mientras caminaban, Leo y Ana encontraron un anciano sabio sentado en un banco. "¿Por qué el día es tan tranquilo?" preguntó Leo. El anciano sonrió y dijo: "La paz que Dios da no es como la paz del mundo. La paz verdadera viene del amor y la comprensión. Recuerda, chicos, 'La paz os dejo, mi paz os doy.'" Ana y Leo se miraron y supieron que habían encontrado un regalo especial esa mañana.

An elderly wise man with white hair and a beard, sitting comfortably on a park bench under the shade of a tree, smiling gently, surrounded by flowers and children laughing in the background, inviting ambiance, warm light, storytelling scene, high quality

Leo y Ana se sentaron junto al anciano, fascinados por sus palabras. "¿Cómo podemos encontrar siempre esa paz, abuelo?" preguntó Ana, curiosa. El anciano recogió una pequeña flor y la sostuvo entre sus manos. "Cada vez que muestran bondad o ayudan a alguien, están sembrando semillas de paz. Con el tiempo, esas semillas crecen y llenan sus corazones con la paz que Dios da."

Los niños asintieron, comprendiendo que el camino a la verdadera paz estaba en sus propias acciones. "Entonces, si ayudamos a nuestras familias y amigos, estaremos creando un mundo más pacífico", dijo Leo con una sonrisa. "Exactamente", respondió el anciano, "y recordad que cada pequeño gesto cuenta." Los ojos de Ana brillaron aún más, y decidió que comenzaría por ayudar a su abuela a cuidar el jardín ese mismo día.

Con el corazón lleno de determinación, Leo y Ana agradecieron al anciano y continuaron su paseo por el parque. Sentían que el mundo era un poco más brillante y que ellos también podían ser portadores de esa paz especial. Mientras caminaban de regreso a casa, prometieron que compartirían lo que habían aprendido con sus amigos, para que todos juntos pudieran sembrar un jardín de paz en su pequeño pueblo.