3rd Mar 2025
En un pequeño pueblo, el cielo brillaba y las flores bailaban con el viento. Un niño llamado Leo, con su cabello negro y rizado, le dijo a su amiga Ana, "¿Ves cómo todo se siente tan tranquilo hoy?" Ana, con sus ojos brillantes y su vestido amarillo, respondió, "Sí, Leo. Es como si el mundo tuviera un abrazo de paz." Ambos decidieron dar un paseo por el parque para sentir más de esa paz.
Mientras caminaban, Leo y Ana encontraron un anciano sabio sentado en un banco. "¿Por qué el día es tan tranquilo?" preguntó Leo. El anciano sonrió y dijo: "La paz que Dios da no es como la paz del mundo. La paz verdadera viene del amor y la comprensión. Recuerda, chicos, 'La paz os dejo, mi paz os doy.'" Ana y Leo se miraron y supieron que habían encontrado un regalo especial esa mañana.
Leo y Ana se sentaron junto al anciano, fascinados por sus palabras. "¿Cómo podemos encontrar siempre esa paz, abuelo?" preguntó Ana, curiosa. El anciano recogió una pequeña flor y la sostuvo entre sus manos. "Cada vez que muestran bondad o ayudan a alguien, están sembrando semillas de paz. Con el tiempo, esas semillas crecen y llenan sus corazones con la paz que Dios da."
Los niños asintieron, comprendiendo que el camino a la verdadera paz estaba en sus propias acciones. "Entonces, si ayudamos a nuestras familias y amigos, estaremos creando un mundo más pacífico", dijo Leo con una sonrisa. "Exactamente", respondió el anciano, "y recordad que cada pequeño gesto cuenta." Los ojos de Ana brillaron aún más, y decidió que comenzaría por ayudar a su abuela a cuidar el jardín ese mismo día.
Con el corazón lleno de determinación, Leo y Ana agradecieron al anciano y continuaron su paseo por el parque. Sentían que el mundo era un poco más brillante y que ellos también podían ser portadores de esa paz especial. Mientras caminaban de regreso a casa, prometieron que compartirían lo que habían aprendido con sus amigos, para que todos juntos pudieran sembrar un jardín de paz en su pequeño pueblo.